Esta poesía fue escrita y leída como discurso de fin de año cuando egresamos del Colegio Los Molinos en el año 2001. Trata de retratar las sensaciones encontradas de finalizar un ciclo en la vida, y darse cuenta de que cada fin de ciclo es el incio de uno nuevo.
El gemido del silencio que en la noche
ensordece adormeciendo a los que sueñan,
hoy me trae como arreado por los vientos
el recuerdo de estas doce primaveras.
Le es inútil al olvido desafiar
las memorias de un tiempo tan intenso.
Se acerca el fin de un ciclo: ya atardece
y sin embargo, atardece amaneciendo.
Pero es causa primera del presente
el amor pertinaz de nuestros padres
es de ellos esta fiesta, y en justicia,
nuestros logros son de ellos en gran parte.
Fueron ellos el sostén de doce años
en los que nada dejaron de entregar
educando en virtudes y en valores
construyendo una escuela en cada hogar.
Doce años dorados se han pasado
y mas de uno ya quisiera regresar
a esos tiempos en que eran las sonrisas
la medida de la diaria realidad.
Mas me abstengo de este rico pensamiento
cuando miro hacia los días que vendrán,
porque observo que esos mismos se asemejan
a aquellos que se van quedando atrás.
Son los días que se vienen tiempo bueno
para hacer aquellos sueños realidad
contagiando el optimismo y devolviendo
de lo mucho que nos han sabido dar.
Mas la etapa que hoy mismo hemos dejado
no se queda encarcelada en el ayer
pues los frutos de esos días memorables
son la escencia mas profunda en nuestro ser.
Frutos son las enseñanzas y valores
pero dentro, nos llevamos algo mas:
un tesoro incalculable en los amigos
que son oro imposible de robar.
Es el oro de amistad la diferencia
que nos hace a todos ricos por igual,
pero el oro fue forjado en esta casa
y a ella ahora yo quisiera homenajear.
Cuando pienso que una pila de ladrillos
fue la causa de la unión de nuestras vidas,
bien comprendo que un colegio no es ladrillos
sino gente que se brinda cada día.
Esa gente ha dejado ya su surco
en la tierra de este joven corazón,
y allí encausan los proyectos y ambiciones
para hacer un mundo nuevo cara a Dios.
Yo retoño me siento de su árbol
y sus vidas no tendrán terminación
puesto que estas se prolongan en las nuestras
ya que ustedes han sembrado el corazón.
Son las almas de esa gente que encomiendo
yo al dulcísimo cuidado de María,
pues la entrega de sus vidas ha regado
las semillas que hoy son árbol de sus fibras.
El ocaso del colegio se aproxima
mas la noche no es lo mismo que la muerte.
Es la noche solo el paso necesario
para hacer nacer la vida nuevamente.
Atardece un gran colegio como el sol.
Como el sol, nos amanece otro camino.
Y el colegio estará vivo en el recuerdo
y su sello marcará nuestro destino.
El gemido del silencio que en la noche
ensordece adormeciendo a los que sueñan,
hoy me trae como arreado por los vientos
el recuerdo de estas doce primaveras.
Le es inútil al olvido desafiar
las memorias de un tiempo tan intenso.
Se acerca el fin de un ciclo: ya atardece
y sin embargo, atardece amaneciendo.
Buenos Aires, noviembre 2001